jueves, 11 agosto 2022
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Sábado de Pasión. Lepanto en Ciudad Jardín.

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Incorporación de tercios españoles en el cortejo de La Milagrosa.

Corría el año 1571. Aquel aciago 7 de octubre, muy cerca de la ciudad de Náfkaptos (Lepanto), se enfrentaban la flota otomana y la de la Santa Liga. Desconocemos a ciencia cierta si Cervantes perdió la mano allí o bien la dejó en algún otro lugar, mas pudo concluir su Obra Universal utilizando la que le quedaba.

Los galeones españoles hicieron valer la gallardía de quienes los pilotaban, de quienes se habían enrolado para una de las grandes aventuras, de las grandes batallas navales de la Historia.

Y allí, justo allí, entre el sudor y la sangre, los tercios hispanos lograron una gran victoria, decisiva. Parece que la Virgen María intercedió para que así ocurriera. Se obró el milagro, pues la Virgen es…Milagrosa.

Ayer, en Ciudad Jardín, la Virgen del Rosario acaparó las miradas de quienes se dieron de bruces con la magnífica pintura que realizara Nuria Barrera para la gloria del techo de su palio. Lepanto. De nuevo Lepanto.

Pero la victoria no hubiese sido posible sin la ayuda celestial y sin la ejecución terrenal.

Los tercios, luciendo sus mejores galas, disimulando la sangre de sus uniformes, impolutos para la ocasión, desfilaron delante de la que ya todos conocen como «galeona», otra de las formas que tiene los sevillanos para agasajar a su Madre.

Desfile de cuatro soldados que constituían ejército de una sola fila, suficiente par plantar cara a la adversidad, a la escaramuza que pudiera hallar bajo el sol inclemente la oportunidad de coger desprevenido al cofrade del barrio, al visitante de excepción, al ateo curioso. Un seguro que nunca falló, que nunca falla.

Y Ciudad Jardín se convirtió en el Jardín de la Ciudad, en que los naranjos regalaron el aroma del último azahar embadurnado con las especias añadidas al incienso, pregón de primavera a sones de Redención y Cruz Roja.

Una, dos, cientos de picas en Flandes, y en el Mediterraneo, que los límites de patria son infinitos, y el acero ya no huele a sangre sino a jazmín. La guerra al servicio de la paz, y la paz representada por un rosario de madera, el contraste perfecto para apaciguar el miedo que infunde el metal.

El secreto está en los detalles, y hasta el más bravo guerrero tiene la debilidad que le hace vulnerable: Jesús y Su Madre, mensajeros de un Dios siempre atento, atemperan los aguerridos ímpetu con un soplo de amor.

Amor en un Rosario que se adelanta al gran Rosario en forma de mujer que más tarde llega afirmando lo que ya dijo ese pequeño collar de cuentas del que pende una cruz. La música confirma las certezas y los soldados han dejado de obedecer a otro rey que no sea el mismo de la Esperanza.

La guerra por la paz tuvo en la estampa del día a esos actores que se ofrecieron a la hermandad para redondear ese Lepanto que todos llevamos dentro, la batalla por encontrarnos a nosotros mismos. El año que viene, solo si Dios quiere, sus filas se multiplicarán.

Que así sea…

Francisco Javier Torres Gómez

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