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El amor de una madre, el consuelo de un padre, la empatía de un amigo, la Esperanza que necesitamos. Como si fuera Domingo de Ramos, nervios, inquietud y con ganas de salir a la calle e ir al encuentro con el Amor eterno.

Todo comenzó con la vista al Santísimo Cristo de la Fe, de la Hermandad de los Alabarderos. Quizás era porque tenía sed de acudir a su encuentro, pero creedme, se le podía ver con los brazos más abiertos que nunca, con ganas de abrazar a todos sus hijos, a los que salvó con su muerte, por lo que tanto necesitamos ahora, por amor.

“Pero, Padre, ¿cómo es posible que, en todo este tiempo, después todas las pérdidas y dolor que hemos sufrido, no hayamos desistido, y no nos hayamos rendido nunca?”

La respuesta estaba más cerca de lo que pensaba, y lo entendí en la Colegiata de San Isidro, delante de la Esperanza. Y es que, la Esperanza siempre está, nunca se pierde.

«No te imaginas el tiempo que he soñado con volver a verte. Es como si hubieras querido parar el tiempo, vestida de hebrea, como si mañana fueras a subir a tu trono de Reina, para salir a repartir Esperanza por las calles de Madrid»

Porque, cuando creía que estaba perdido y que nada tenía sentido, Jesús del Gran Poder hizo que encontrara sentido a todo. Ver su cara de amor, rodeado de candeleria y ángeles que bajan del cielo, hizo que recordará a aquellas personas que tanto te necesitan.

Y en la calle del Carmen, fuentes eternas de Salud. Mis ojos suplicantes miran tu cara morena. Al encuentro de un Padre que, siendo humilde y elegante, derrama Salud a mis Angustias. Da igual que este pasado Miércoles Santo haya sido diferente porque, sin estar a tu lado, Madre Bendita de las Angustias, sentía tu dulzura más cerca que nunca.

“Gracias madre. Gracias por interceder ante tu hijo, por escuchar cada una de las suplicas. Ahora os necesitamos más que nunca, Salud para los enfermos”

Y siendo el Carmen un mar de Salud, en la Soledad de la calle del Nuncio podía soñar. Palio burdeos y oro, madera y un Dulce olor a canela. Un Cautivo que espera, que está mas cerca que nunca, y que es consuelo en el luto de una Madre que ha perdido a tantos hijos. Elegancia que, vestida de luto y en su Soledad, reza por todos nosotros.

«Hoy más que nunca, Cautivo de tu Dulce Nombre soy, y mi Ave María te rezo»

Y es que Tres veces se cae el Señor en San Andrés, pero sin perder la Esperanza de entregar su vida por amor. Bendita tu fuerza que, siguiendo la voluntad de Dios, cargaste con tu cruz para salvar al mundo.

Las calles de Madrid volvían a ser ejemplo de vida y de esa Fe y Perdón de una Madre Inmaculada de la Iglesia que nunca me ha dejado y que siempre ha estado a los pies de su hijo para ser guía.

Ante el sufrimiento de un Cristo que derrama agua y sangre de su costado, no podía evitar acordarme de todos aquellos sanitarios y trabajadores que, siendo como Él, han dado su vida por nosotros.

Y cuando pensaba que el dolor era malo, querubines del cielo me guían hasta Santa Cruz para entender que, no hay dolor más bello y elegante que el corazón de Nuestra Bendita Madre atravesado por Siete Puñales de amor. Nuestros ojos se funden entre barras que protegen su altar.

“Madre, aquí, ahora que estamos solos después de tanto tiempo, te pido por todos los que sufren. Sé su consuelo”

Nunca dejaste de ser la Reina de mi alma y, sabiendo que tu hijo moriría por amor, y después de 430 años protegiendo a tu pueblo, sigues siendo siempre nuestra Luz en la Agonía.

Madrid, sus patrones, iglesias e imágenes están de luto. Un crespón que, no solo abraza a San Isidro, también a toda su villa.

Tiempo no faltó para pedir a la Virgen de la Almudena, hoy que resplandece más que nunca, que proteja a todo su pueblo y que consuele su dolor. Que Madrid vuelve a nacer, con más fuerza y salud que nunca, bajo su manto de dulzura.

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