miércoles, 23 noviembre 2022
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Lunes Santo en Sevilla. Lágrimas de Redención

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Y lloró Jesús, y lloramos todos…

Poco se puede añadir a la crónica de un Lunes Santo ante el cual se vienen a la cabeza muchos adjetivos, y no todos positivos.

Unos por rabia, otros por impotencia y otros asociados al «Mea Culpa» que debería ser entonado por quienes hicieron posible la realización de tan corto metraje.

En cualquier caso, este es un relato centrado en una imagen, una sola.

Si bien Getsemaní es lo suficientemente extenso para que el mismo pasaje sea reinterpretado una y otra vez, siempre basado en la narración que los Evangelios nos legaron y en el genio del artista encargado de plasmar el pasaje para que se realice la catequesis definitiva, nada se dice de si el Hijo del Hombre lloró.

No serán las lágrimas de sangre las que protagonicen esta crónica, no, tan solo las lágrimas acuosas que resbalaron por el rostro de quien era entregado por un beso traidor para que se cumpliera lo escrito.

Jesús, ayer, lloró agua de lluvia, arroyos infinitos que calaron sus vestiduras y que nos alcanzaron a quienes acudimos como testigos de una Redención infinita.

Ni los paraguas fueron refugio eficaz para contener el fruto de tanta emoción.

Llovía, como quizás ocurriera en aquella noche aciaga en el nacimiento de Nuestro Tiempo.

Nada se comenta en los evangelios de la temperatura, de la climatología, del raudo movimiento de nubes cuando se presagiaba tormenta, al menos de sentimientos encontrados.

Qué pena que un beso, el gesto más bello, se convirtiera en la llave para el secreto que sería desvelado en la noche, quién sabe si cerrada.

Ayer llovió.

Esperanzas sostenidas, grito desgarrado y un Cielo quebrado acallando los latidos de los sevillanos que aun sabiendo que la tragedia se avecinaba, quisieron prevenir al protagonista de la Historia Sagrada ante la traición del amigo. Jesús, entonces, lloró.

Lloró tanto Jesús que hasta los truenos callaron a intervalos, respetando la compungida reacción de un pueblo unido que no salió en estampida como marcan las normas de un buen discípulo. Sevilla es fiel, y ni la lluvia la vence.

Lágrimas cayendo sobre un rostro que va perdiendo la pátina, desde su nacimiento en los lagrimales y muriendo en el ápice de la ladera nasal antes de desplomarse en el abismo de ese vergel que había nacido como por milagro para acariciar los pies del Redentor.

Beso de Judas y lágrimas de Rocío. Arriesgada apuesta de unos seres humanos a los que el corazón les pesa, y este, lo comprobamos, no sucumbe a la cabeza.

Es nuestra naturaleza, y luego comienzan a nacer las explicaciones, mas estas no serían necesarias si el precio fuese contemplar esa lágrima, esa única gota de agua en el desfiladero de la fosa nasal.

Mientras, Pedro, calado de dolor, lloraría por primera vez sin saber que más tarde, o tan solo dos días, volvería a mostrar su debilidad negando tres veces a su Maestro.

El Rocío se convirtió en tormenta…

Francisco Javier Torres Gómez

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