lunes, 1 agosto 2022
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Literatura cofrade: Escalones de cera

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Las hermandades como telón de fondo a una trama novelesca

Aprovechando estos días para leer títulos peculiares relacionados en cieto modo con la Semana Santa, me he topado con Escalones de Cera (Guadalturia 2012), del prestigioso periodista José Luis Garrido Bustamante.

Se trata de un ejemplar que nunca leí, lo reconozco, y que me ha resultado interesante por distintos motivos, curiosamente ninguno de ellos relacionados con nuestra Semana Mayor. El primero de ellos es el pulcro estilo con el que se narra la Historia de Leo la Dinerosa, y el segundo, el ciclo completo que realiza la trama.

En cambio, la Semana Santa queda no solo desdibujada, sino que me atrevería a decir que está ausente. Eso sí, existen referencias veladas a la utilización de estas congregaciones de fieles llamadas Hermandades como medio para medrar socialmente. ¿Ocurre lo mismo hoy en día?

Bustamanate se inventa la Hermandad de Ntro. Padre Jesús del Perdón y María Stma. del Desconsuelo para recurrir a ella cuando le viene al pelo. La protagonista, Doña Leonor, vuida del Alférez Arnáiz, es propuesta para ejercer de mayordoma de la misma, pero poco más se exhibe de su vida en la congragación.

Algún que otro acto de celestina, las cuitas con el mayordomo que aspira a Hermano Mayor…

Se trata de una novela que se vende con un propósito y ofrece otro distinto. Resulta que no es un libro cofrade por mucho que se referencie el pleito de la Hermandad de San Isidoro, gremio de los cocheros, y algún que otro detalle histórico relacionado con el mundo de las cofradías que permiten a la fantasía mezclarse con la realidad de una sociedad, la ilustrada, en la que las apariencias lo son todo.

Y es que Sevilla, con la pérdida de su prebendas en relación al comercio con las Índias a favor de Cádiz, pasó de convertirse en la urbe universal alumbrada por el sol a un nido de rufianes venidos a menos en los que las tinieblas tomaron la luz del cielo.

Carilucia y Cincoternos, dos deluncuentes se convierten en ayudas de cámara y sirvientes de una mujer codiciosa que no deja en coquetear con los bajos fondos mientras paralelamente se codea con la aristocracia con el fin de medrar, y ese esel momento en el que la hermandad se ofrece como el medio idóneo para invertir el orden establecido.

Escalones de cera es una novela culta, con excelente uso del lenguaje (incluso demasiado culto en ocasiones) que pretende entretener al lector, sin alardes narrativos, para los que se ha elegido una serie de tópicos que capten la atención del lector cuando esta no se encuentre fijada en el devenir de la vida de la vuida protagonista.

Así, las corridas de toros, las calles de la ciudad, una cuidada relación de los palacios de Sevilla de la época y otros muchos detalles que pueden pasar desapercibidos, se mezclan con escenas de alcoba que no escandalizan por recatadas y un juego de Celestina que recuerda a la obra homónima de Fernando de Rojas.

Es época de influencias francesas en cuanto a moda y comportamientos. La Alameda de Hércules se ha convertido en el lugar para dejarse ver y los landós recorren las calles con el sonido característico de los cascos de caballos resonando en las paredes de las estrechas callejuelas.

La noche es oscura y durante el día luce el sol.

El Veneciano, un bribón esmerado, parte de Sevilla en un destierro forzado por el cauce del Guadalquivir hacia el continente allende los mares, con repostaje en una Sanlúcar de Barrameda próspera y hospitalaria.

Los avatares del destino frustan el castigo, y en la ciudad de la barra costosa para los galeones descubre el mundo de los nuevos vinos elaborados en la ciudad gaditana: la manzanilla.

El veneciano viola y se salta las leyes de urbanidad y es perseguido por aquellos que quieren la compensación de una honra perdida, pero este es un hilo argumental débil que termina difuminándose en demasía.

Al final, sacamos en conclusión que no es mal libro, pero que el buen sabor de boca que esperábamos encontrar al comienzo de la lectura queda reducido a una simple promesa en la que la cera solo se derrama en el título de la novela.

Francisco Javier Torres Gómez

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