Jueves Santo en Sevilla. El fantasma de Santa Catalina.

0
500

una Historia de santa catalina desconocida

Han sido tantos los años esperando a que el bello templo de Sevilla fuera abierto al público, que se nos antoja anecdótico no haber podido disfrutar aún de la tan ansiada salida procesional de la Hermandad de la Exaltación desde la misma.

Y es que a este paso, son muchas las túnicas a las que habrá que sacarles un nuevo dobladillo sin haber sido estrenadas, y si no que se lo digan a los cofrades de Triana, que miran hoy al cielo rezando para que el año que viene la climatología sea, al menos, idéntica a la de este año.

Las obras en Santa Catalina se prolongaron más de lo debido, como también tardaron en ser acometidas. La espera ha merecido la pena pues contamos de nuevo con este monumento sin parangón del que podemos todos presumir independientemente del tema cofradiero.

Habiéndose frustado la Cuaresma y la Semana Santa, quisiera contarles una historia que quizás desconozcan. Y es que cuando se fijan en el templo mudéjar al que hacemos referencia, existe la tendencia a centrarse en las bellezas interiores y se nos pasan los detalles de su fachada.

Hace muchos años, siglos para más información, habitaba el templo un jovenzuelo de los que hoy en día lucirían el apellido de expósito. Se trataba de un joven al que el párroco había criado como si fuera su hijo. Ningún parentesco les unía; tan solo el amor con el que el sacerdote recogió a la criatura que habían dejado abandonada a las puertas de su casa una fría noche de invierno.

Lejos de dar noticia del hallazgo a las autoridades, y sirviéndose de la ayuda de las feligresas impenitentes que le ayudaban en las labores de adecentamiento del lugar sacro, el padre adoptivo crió al pequeño, proporcionándole cama, alimentación y educación mientras le inculcaba valores cristianos en los que fue creciendo.

Ejercía el hijo adoptivo de monaguillo en las celebraciones y, conforme pasaban los años, sus funciones para con su protector incluyeron las de persona de confianza encargada de recados y mandados.

Para el cura, orgulloso de su vástago, aquel era el mejor de los regalos que le quiso Dios hacer. El cariño que se profesaban era mútuo, hasta el punto de que en más de una ocasión el adolescente proclamaba a voz en grito que daría su vida si llegara en caso por aquel que todo se lo había dado.

Las palabras no se las lleva el viento como pudiésemos bien suponer.

Corrían malos años para la Iglesia y, encontrándose el ya veinteañero asistiendo a unos enfermos a los que no podía atender el solicitado párroco, quisieron unos malhechores entrar a hurtar en suelo sacro siendo sorprendido por el ya anciano religioso quien, en un ataque lo locura les plantó cara a sus oponentes. La refriega, desigual, culminó con el vil metal que sacaron los intrusos rasgando órganos vitales del defensor de la fe.

Sin el más mínimo remordimiento por el derramamiento de sangre escenificado delante del mismo altar, los saqueadores comenzaron a llenar sus sacos con todo aquello de valor que encontraron a su paso.

En ello estaban cuando apareció el hijo, cansado, deseando besar a su padre. Cuál no sería su sorpresa y desazón cuando, siguiendo el rastro rojizo que le había llamado la atención, acabó postrado ante el altar mayor. Al contemplar las escenas de la matanza calló de rodillas y comenzó a rezar. Aún no era consciente de lo que estaba a punto de ocurrir.

En sus ruegos repetía un «¿por qué, Señor?» tras otro en un intento desesperado de entender cómo un hombre tan bueno había mereciso tan triste final.

En esas estaba cuando escuchó ruidos en la sacristía.

Armándose con una barra de hierro, y recordando la promesa hecha tiempo atrás, entró valiéntemente en la estancia y descerrajó su improvisada arma sobre el cráneo del primero de los ladrones con los que se encontró, dando tiempo al segundo de ellos a desenvainar la flaca con la que tanta maña tenía, la misma que atravesó el corazón del primero quien, en sus últimas palabras juró que no descansaría su alma hasta que los culpables de tan atroz crimen fueran ejecutados por la justicia.

Dado que solo un malhechor salió vivo de la refriega, la maldición parecía ir dirigida a quien tras darle muerte huyó.

Poco más se sabe de lo que ocurrió, pero las joyas robadas fueron devueltas al cabo de unos años al lugar del que nunca debieron salir.

No hay hasta la fecha noticias del malnacido. Lo cierto es que son muchos los que juran haber escuchado las rondas nocturnas del alma errante de quien se ha convertido en el fantasma de Santa Catalina.

Puede que no den crédito a esta historia y la tachen de leyenda, pero a los documentos gráficos me remito. Haciendo zoom con mi cámara fotográfica para un trabajo sobre el templo referido, me encontré con una extraña imagen debajo de unas de las tejas de la cubierta que mira a la calle del viejo maestro de capataces, justo frente al famoso Rinconcillo.

Les pido que recen por mi alma, pues a la locura estoy abocado si no me sacan de mi error, pero hay «alguien que vigila» y vela porque en Santa Catalina no vuelvan a acontecer hechos como los que tuvieron lugar en aquellas fechas de tan infausto recuerdo…

Francisco Javier Torres Gómez