domingo, 31 julio 2022
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Historias de Semana Santa: La espina

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Fotografía: Javier Torres

Una historia sobre Cristo que quizás no conozcan

Seguro que a más de uno de nosotros nos surge la pregunta, ineludible al contemplar el inconmensurable y divino rostro de El Señor de Sevilla, de si está recogido en los textos sagrados el hecho de que una de las espinas desterradas de la corona o casco de dolor con que fue coronado Jesucristo en su martirio, atravesó verdaderamente la región ciliar poniendo en peligro el órgano de la visón de Aquel que fue visionario aun con los ojos cerrados.

La respuesta puede buscarse e incluso no encontrarse, atribuyéndose el hecho a una licencia dramática del escultor, quien, no contento con el efecto de la herida, quiso simbolizar en la presea a la serpiente del mal, consiguiendo con tan original metáfora contraer los corazones de las generaciones postreras.

Pero ¿acaso se trata de un hecho aislado, singular, original? Para ello hay que contestar con una rotunda negación. A raíz de ello quisiera contarles una historia que quizás no conozcan.

Aquellos que no hayan tenido la oportunidad de visitar el archipiélago maltés carecerán de criterios para evaluar el modo en el que son representadas las sagradas imágenes en las iglesias católicas de aquel enclave mediterráneo en el que San Pablo naufragó en su viaje a una Roma hostil que lo esperaría reclamando su sangre.

En Malta tuvo el santo la oportunidad de divulgar la Palabra de Dios, pero su mera presencia debió ser disimulada pues en ello le iba la vida y la posibilidad de cumplir con su propósito. Por ello, el santo visitó y habitó en las catacumbas que se conservan en Rabat, justo a la vera del recinto amurallado de Mdina, en el centro de la isla, lugar en el que el mismo Juan Pablo II oró, acto de hiperdulia que muchos imitaron.

Se trata de hechos históricos que rozan la leyenda. A partir de entonces, los enfrentamientos entre cristianos y musulmanes por el dominio del estratégico enclave escribiría páginas y páginas de Historia, y uno de sus capítulos, el que nos interesa es el de la representación escultórica de Jesucristo.

Precisamente en una hornacina situada tras una columna en la iglesia franciscana de Santa María de Jesús de La Valletta, Malta, muy cerca de donde descansan los restos del beato Ignacio Falzón, beatificado por Juan Pablo II en el año 2000, se encuentra la talla de un desconocido Ecce-Homo de autor desconocido, coronado de espinas, una de las cuales atraviesa los tejidos blandos y piel de la región ciliar izquierda de su rostro transmitiendo dicha herida el mismo valor y fuerza que nos regala con Su Sufrimiento Ntro Padre Jesús del Gran Poder.

Esta reseña podría ser una simple anécdota si no fuera por que mi curiosidad me impelió a preguntar a la sacristana acerca de la imagen y el curioso hallazgo en su rostro, y cuál no sería mi impresión al escuchar de aquellos ajados labios que esa espina no era original de la talla sino que durante los actos de beatificación del franciscano Falzón, la espina fue descubierta a primera hora de la mañana, pasando desapercibida hasta que llamara la atención de un célebre historiador local, quien no tardó en poner en conocimiento de todos los congregados el milagroso hallazgo.

Siendo el Papa informado del milagroso acontecimiento, no quiso sumarlo a la causa de beatificación sino que, no corto ni perezoso, confesó a sus más allegados que él había estado en Sevilla y que en ella se veneraba una insigne talla de Juan de Mesa que tenía la advocación de Gran Poder que lucía el mismo tormento y que ese mismo Gran Poder era el que resumía en la astilla divina que desde entonces se debería convertir en signo de entrega y redención.

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Fotografía: Javier Torres

No hará falta atravesar el rostro de Dios hecho hombre con más espinas, pues estas nacerán como lo hacen las llagas cuando más falta hace la sangre de salvación para curar nuestros corazones y nuestras almas.

Supongo que a partir de ahora todos miraremos con atención la región ciliar de cada imagen cristífera y, al comprobar la aguja de amor clavada en la carne dejaremos de pensar en nosotros mismos y proyectaremos nuestra propia vida en los demás. El que no lo haga, quizás viaje algún día a Malta y se convenza…

Francisco Javier Torres Gómez

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