viernes, 12 agosto 2022
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Domingo de Ramos. Mi cámara llora.

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Llora como lloran las palmas asomadas orgullosas a los balcones, pero estas lo hacen por las gotas de lluvia que las han henchido en una primavera atípica revestida con las prendas del invierno.

Aun así, nos anuncian que se cumple la efemérides de la entrada de Jesús en Jerusalén. La algarabía es menor y la rampa se ha obviado. La misa preceptiva, conocida popularmente por estas palmas, se ha vivido en el corazón y ha podido ser escuchada y contemplada gracias a los medios audiovisuales.

Llora mi cámara porque se siente inútil. Se había preparado para unos días que no llegarán, días en los que volvería a demostrar su destreza para captar lo más íntimo de aquellos que celebran la Semana Mayor, lid esta que le ha granjeado grandes momentos de gloria.

Mi cámara llora y yo la consuelo, También la felicito porque está siendo solidaria compartiendo el confinamiento de todos los cofrades. Ella guarda en la memoria tantos momentos, que podrá superar el trauma con tan solo tirar de recuerdos en forma de tarjeta con circuitos como corazón.

Pero no es la única que llora en casa. Los lustrados zapatos prefieren callar en su exilio, el traje que abandonó la tintorería e hizo la mudá en los meses pretéritos acepta su enclaustramiento con resignación, como las corbatas, gemelos, los relojes… No tengo palabras de consuelo para todos y, sin embargo, estoy convencido de que hacemos lo correcto.

Mi cámara juega con sus hermanas en un armario, y la saco a paseo para limpiar el polvo que se atreve a velar sus luminosas lentes, la acaricio y le dedico palabras de ánimo.

También lo hago, por turnos, con sus compañeras de cuarto, unas olvidadas por su edad, las más sensibles, otras con una juventud rebosante enfocada en futuros proyectos, y todas aplaudidas por el servicio ofrecido, oficio aprendido hace años cuyos frutos dan vida a los artículos que publico en distintas páginas de opinión o derrocho en solitario conformando el esqueleto de un libro que cumpla con los sueños de todos.

Hoy mi cámara llora, mas sé que llegarán los días en los que sonreirá y me guiñará el ojo con su diafragma, justo cuando el color atraviese sus compartimentos para impregnar la imagen en su retina digital. El color es tono y la luz intensidad. La cámara lo sabe y está dispuesta a ser el ojo a su servicio, y al mío: hemos llegado a un acuerdo. Saldremos a pasear juntos cuando todo pase.

Hoy es Domingo de Ramos del año 2020 y queda prohibido recordarlo como el año en que las cámaras lloraron, sino que debe pasar a la Historia como el Domingo de Ramos en el que las cámaras se solidarizaron con sus dueños y con los más vulnerables, y guardaron la cuarentena como es debido. Hoy es Domingo de Ramos, aunque nos duela. Pensemos que ahí fuera hay gente que lo está pasando mal y que necesita de nuestros rezos. Mi cámara y yo hemos comenzado a rezar por ellos…

Francisco Javier Torres Gómez

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