domingo, 7 agosto 2022
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Cuaresma en Sevilla. Dulce y tierna niña panadera

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Una historia real

Fotografía de portada: Javier Torres

Lloró. Vació sus ojos de lágrimas aquel Miércoles Santo en que se estrenaba como nazarena.

Otras hermandades habían salido a la calle, e incluso habían pasado por delante de su balcón. Sin embargo, ella no llegaría a realizar su tan ansiada estación de penitencia…

Se había levantado temprano, desayunó y, derramando toda su ilusión en la tarea que tenía por delante, tomó su cesto y comenzó a incluir en él cada uno de los picos que iba envolviendo en papel de celofán. Unos los vestía de morado y otros de rosa.

La   medalla en su cuello, rozando su piel delicada mientras las túnicas de todos los miembros de la familia conformaban, junto a los capirotes vestidos con antifaz un bodegón costumbrista sobre la cama de matrimonio.

La túnica de su madre tampoco conocía los rigores de la noche eterna. Sus hermanos y su padre le habían contado qué se sentía pero ella quería formar parte de ello; hasta ese día, ella era la encargada de abastecer de estampitas y de pequillas medallas a sus mayores. Era hora de tomar la alternativa.

La ilusión desbordante contrastaba con el color de las nubes que llegaban para conformar un palio de luces y sombras, hasta que comenzó a llover…

Pequeña panadera, no sufras, que siempre habrá nuevas oportunidades para vivir lo que anhelas. Es hora de partir. Toma tus ropas, tu vara y no olvides guardar en el bolsillo tu papeleta de sitio, la del primer tramo. Es día de estrenos y estrenarás recuerdos, aunque aún no lo sabes.

La niña estrenó túnica y antifaz, que llegaron mojados, de agua dulce y salada. La primera caía del cielo y la segunda dejaba cercos en el antifaz. Si al menos el viento obrara el milagro, las horas pasarían y entonces…

Cinco minutos bastaron para que se anunciara la suspensión de la estación de penitencia. Emociones, abrazos y el llanto del mismo Hermano Mayor al tener que comunicar la noticia hasta tres veces, tantas como sedes en las que se formaba la cofradía.

Era Miércoles Santo del año 2019. Ya se saldarían cuentas el 2020.

Llegada la cuaresma del año 2021, y con la vista puesta en un 2022 desconcertante, esa túnica no ha recorrido más camino que el que conduce desde el domicilio a la capilla. La niña ha crecido y se ha convertido en una mujercita. Antifaz, capirote, túnica y capa han sucumbido a las medidas de un cuerpo que se ha he hecho maduro, que se ha transformado y que nunca volverá a ser tan inocente como aquel que se prestó a llegar a la Catedral demostrando que la devoción no entiende de edades.

Las ropas son un bonito recuerdo y un triste anhelo. Contrastes, como los que configuran la misma vida, madurez acelerada en lecciones que nunca imaginamos recibir.

La niña panadera no entiende de estaciones de penitencia, pero acude a su pequeña capilla y reza, sin dejar de sonreír. Tiene que dar las gracias porque a ella no le falta el pan mientras muchos hacen cola para conseguir el mínimo sustento con el que seguir adelante. En este tiempo ha recibido su Primera Comunión, y parece que fue ayer cuando su travesía anónima por la ciudad, a la luz de las llamas, la misma que derretiría los cirios, la prepararía para lo que estaba por venir.

La vida es una estación de penitencia que todos debemos de hacer. Es momento de hacerla en nuestro interior. La pequeña a madurado y sabe que este año tampoco tocará, pero disfruta al llevarse el pico a la boca, sin celofán, y se siente panadera, porque no se puede sentir de otro modo…

A todos aquellos que aun no han hecho estación de penitencia con su hermandad.

Francisco Javier Torres Gómez

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