martes, 27 septiembre 2022
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Cristo a la intemperie

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Cristo expuesto a los fenómenos, desnudo.

Allí estaba, como siempre, aunque en mis retinas sólo quedó atrapado durante unos segundos. Llegaba tarde para asistir a una muerte cierta, conocida, de nuevo representada, una muerte de bronce derretida en forma de gruesas manchas de herrumbre derramadas por su pecho, por sus miembros, tiznando su rostro hasta hacerlo desaparecer.

     Quise parar, detenerme ante su majestad disimulada y, en cambio, las normas de circulación me lo impidieron. Quería fotografiar ese óbito eterno expuesto con total naturalidad a los elementos y no pude más que dejar que la inercia me condujera al siguiente pueblo, el mismo en que volvió a ofrecérseme desnudo, con el mismo sabor a muerte destilada que desprendía su silueta. Tampoco tuve tiempo de maniobrar según mis propósitos, improvisados, y recé en silencio, deseando que el siguiente núcleo urbano me concediera la oportunidad de volver a encontrarme con Él.

     Las arboledas se sucedías y la campiña, abrasada, pretendía prepararse para el flujo de las estaciones que había terminado por abandonarse a su suerte. Los girasoles habían pedido su esplendor y habían muerto de tristeza, en sucesión con maizales llorosos, marchitos, intercalando su barrera natural con la presencia de montículos de heno esperando la hora de su transporte, de su almacenaje, de su huida obligada. Amarillos, ocres, verdes y marrones componiendo la paleta de un pintor caprichoso que no había terminado su obra, que no había tenido la oportunidad de dar rienda suelta a su inventiva, y la línea de asfalto se perdía en el horizonte, sin apenas trazar curvas. El camino era senda y la senda era vía a la que se asomaban en lontananza las agujas del nuevo pueblo al que nos acercábamos con la debida cadencia y la prudencia necesaria para parar y rezar ante la posibilidad de una muerte viva dando la bienvenida al peregrino. Pisé el acelerador con el ansia mal distribuida por un organismo exhausto y el dolor cervical atenazando el propio dominio de la verticalidad agotada. Así fue cómo se fue materializando la imagen de aquel nuevo crucificado, uno más de los que mueren cada día a la intemperie.

     Esta vez tuve la preocupación de aventajar al séquito al que liderada y realicé la maniobra que me llevó a la glorieta de hierbajos mal encarados en cuyo centro se alzada, majestuosa, esa cruz habitada, luz de amor y vida enmascaradas con excrementos de aves desmemoriadas.

     Todos dormían. Era lógico; el cansancio apretaba, y lo seguiría haciendo en función de la tuta previamente trazada. Abría la puerta y me apeé para caminar con las piernas agarrotadas hasta plantarme ante el improvisado Gólgota en el que incluso la misma Madre y el Hijo amado habían abandonado a un sencillo Jesús para que protegiera a los habitantes de aquel recóndito lugar. No es cierto que Jesús fuese descendido y trasladado al sepulcro, pues sepulcro es también la cruz imperecedera que se expone a los elementos por y para siempre mientras Aquel que en ella descansa, muerto, cargado con un número infinito de pecados, se muestra tal como es, sin trampas, sin engaños, demostrando que su humanidad se expone, siempre, a los elementos que nos asolan y, aun en la derrota, sale victorioso.

     No me hizo falta realizar más comprobaciones que un simple intercambio de miradas con el Cristo de metal marmóreo, sobre fondo de cruz carcomida. Su cara, desencajada, impedía contemplar con detalle las facciones perdidas, las líneas de su cuerpo derrotado, la sangre que brotaba como manantial contaminado. Su rechazo y mi aprobación, su aprobación y me rechazo, y manos temblorosas que no acertaban a pulsar el disparador hasta que el dedo atinó con el gatillo, el botón que le daba la bienvenida a la memoria al que ya había entrado triunfante en Jerusalén y ahora franqueaba la entrada a los que, como yo, entraba en su reino, de este mundo, y del otro, porque su presencia es mensaje y pegamento, es sello para la carta que no se deposita en el buzón sino que se escribe con tinta indeleble en el corazón y se recopila una y otra vez en relatos que no alcanzan a reflejar la realidad. Cristo a la intemperie, mi Cristo, mi Padre, mi Señor…

     Volví sobre mis pasos, sin darle la espalda, dejando claro las claves de mi respeto y el cielo se oscureció. La canícula había dado paso a la tempestad y no fui capaz de reaccionar a pesar de que quienes me esperaban en el vehículo contemplaban con pavor cómo el cambio climático, espontánea, inexplicable, se acercaba a mi posición en forma de negras nubes que no tardaron en llorar amargamente sobre mí. Pero también lo hacían, como siempre, sobre el cuerpo indefenso de mi silencioso interlocutor, quien, una vez más, hacía uso de su grandeza, cuando no de su divinidad para permitir que el arroyo de agua desbocado desde los cielos retirara las impurezas que ocultaban cada detalle de su rostro y de ese modo descubrí cuál era la verdadera faz de quien todo lo puede, incluso cuando creemos que no ello es poco. Vi el rostro de Dios, en la soledad de una tormenta efímera que respondía a mis preguntas y, una vez más, Cristo, Nuestro Señor, en su estática cruz parroquial, se mostró con todo su poder como Dios a la intemperie, a la espera de que entremos en su pueblo y ser recibido por su serena y sagrada muerte…

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