viernes, 23 septiembre 2022
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Cantillana y su Asunción

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Día grande en la localidad que entrona a su Madre en los Cielos

El foráneo llega al pueblo, sito en los albores de la sierra y tiene problemas para aparcar su vehículo. Por las calles, parejas, familias, amigos, engalanados, caminan con sus mejores galas en busca de la Virgen.

Por allí debe de irse. Seguirá a la muchedumbre y sufrirá los primeros estragos del sol, que aún no ha muerto en el horizonte. La cerveza cae de los grifos de las barras que los establecimientos hoteleros han sacado a la calle.

Es día de fiesta. Es día grande. Es el día de Ella y todos están preparados.

Nuevo en las lides, desenfunda su cámara y la destapa con el fin de disparar contra los múltiples faldones con motivos marianos que lucen balcones de ensueño. Y los colores inmaculados, en banderas y banderolas, posan orgullosos. Es la noche, y la noche no tiene final.

El bullicio se concentra en las calles aledañas al templo, perfectamente iluminado. Las mujeres son más guapas que nunca y los caballeros son personajes de novela decimonónica. Todos se toman de las manos y forman una nube en torno a las puertas que permanecen abiertas. Se escucha Jesús Despojado, de Gualberto, en la lejanía. Todo está preparado. Es cuestión de esperar.

Ya asoma. Es el trono de una reina. Los ángeles le proporcionan todo lo que necesita. Sebastián Santos supo rimar versos de madera policromada para que la magia no sólo fuera fingida. Dispara, dispara y dispara. La cámara se ha vuelto loca.

Una chicotá y saludos a un pueblo expectante, derrochador de demasiada paciencia. Gritos enfervorecidos. Vivas a su virgen, a su reina, una, dos y tres veces. Y entonces la banda interpreta los primeros acordes de un himno que es silenciado por la voz de los devotos, todos a la vez, una misma entonación.

Canten los ángeles todos

himno de gloria y honor

hoy que al empíreo se eleva

la Santa Madre del Redentor.

¡Surge Gloriosa María

en tu Gloriosa Asunción

y en tu carroza de nubes

lleva contigo mi corazón!

¡Viva la excelsa Reina

de la tierra y de los cielos!

¡Vedla como se eleva

pura y bella más que el sol!

¡Brindan sus dulces ojos

a los mortales consuelo,

brilla su hermoso rostro

de tersa nieve y arrebol!

¡Oh qué feliz fuera mi alma

si yo pudiera volar contigo

y contemplar tu hermosura

ante tu trono de amor divino!

¡Madre no nos dejes

que te amamos con locura,

y es nuestra alegría

el besar tu frente pura!

¡Al remontarte al cielo

en Gloriosa Asunción

deja entre tus hijos

tu amoroso corazón!

¡Míranos a tus plantas

en ferviente oración!

¡Míranos con amor!

¡Danos tu bendición!

Se inicia la procesión. Clónicos personajes cangrejeando delante de las andas. Mezcla de perfumes y, sobre todos ellos, el aroma de los nardos, que embriaga el alma. Dispara, dispara y dispara. Es imposible quedarse con un único fotograma.

Casas que se convierten en centros de reunión. Retablos de ocasión y brindis antes de que la cita en el balcón se convierta en la norma. La Señora puede pasar a ala altura del hombre y este o aquella mujer quedan embelesados ante la belleza de quien proclama grandeza en su plena sencillez. Las palabras pueden no salir y la garganta se seca. Las lágrimas no son retenidas por el embalse que las calma y saltan, gloriosas, para derramarse sobre rostros hieráticos a causa de una única dirección que se concede a las miradas.

Cantillana y asunción. Todo ha comenzado y aún queda por disfrutar. Si el trono se va, se callejea para poder encontrárselo de frente de nuevo, pues siempre se estrena el nuevo cruce de miradas.

Guapa, guapa, guapa y reina, reina y reina…

Los secretos están aún escondidos y de desvelarán a lo largo de una madrugada eterna al son de marchas en las que no faltan los guiños a las esperanzas de una Sevilla que se ha desplazado para compartir la devoción de sus hermanos.

Vis a vis, y el extranjero dispara y dispara. Sólo Dios y su Madre sanen que ocurrirá después.

Francisco Javier Torres Gómez

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