martes, 24 mayo 2022
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Breves relatos cofrades 3

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La «llamá» traicionera

Estaba el señor arzobispo adaptándose a su nueva diócesis, con ganas de sentar cátedra, cátedra de una sevillanía prestada que intentaba hacer suya y de ese modo pasar desapercibido.

Advertido de la dificultad de la empresa y de la plaza, así como de la peculiar idiosincrasia de las hermandades y cofradías de la ciudad, nómina a la que sus allegados le sumaron una serie de asociaciones de fieles mal llamadas “piratas”, pidió consejo —con minúsculas—, y este llegó en forma de regalo envenenado.

     No dominaba monseñor el dialecto englobado en el seno del folclore cofrade y, persistente en su empeño de caer en gracia sin terminar de ser tildado de gracioso, terminó la lectura del libro de un tal Burgos y un “tocho” de otro tal Carrero, lance del que no estaba seguro de haber salido victorioso.

Se acercaban las fechas señaladas y su labor era puramente institucional. Ello podría cambiar en breve.

     Leía y leía aquel pobre hombre de un tema cuya comprensión escapaba a toda lógica y no paraba de preguntar cada vez que se encasquillaba en los garabatos de un habla tan especial como lo son quienes lo utilizan a diario.

En esas estaba cuando a alguien se le ocurrió la brillante idea de llevarlo de excursión a las iglesias de su amplia feligresía, con la excusa de la cercanía y el dejarse ver; éxito rotundo a tenor de las crónicas publicadas en diferentes medios. Había “caído simpático” en los barrios y no había resultado “antipático” en el centro.

El camino a presidir los cortejos procesionales era corto.

     Su perro lazarillo, su guía de circunstancias, otro purpurado sin púrpura, tuvo la feliz idea de organizar una ronda cofrade en la propia Semana Mayor. Templos por la mañana, oración de rigor ante los titulares y vara para la tarde —o mediodía—, con toque de llamador incluido.

Tres golpes sobre el perno, con fuerza y la llamada, la “llamá” opcional, que para eso está el capataz, que además de saber bien el oficio, tiene mucho más arte.

Y así comenzó la “turné”. La Paz, tres toques, Jesús Despojado, solo el último de los tres, La Cena, repetir lo aprendido, San Roque, licenciatura. Y la jornada que corre y los días que pasan volando a golpe de llamador. Calor, horas que se le restan al sueño y férrea disciplina. En palacio, las cosas van despacio, y a veces cansan.

     Pues llegó el Sábado Santo y aquel hombre de Dios ya no sabía cómo librarse de la obligación contraída y quiso abandonar, pero allí estaba el paso popularmente conocido como el de “la canina”.

La inercia también cuenta y allá que fue el arzobispo a obrar como había aprendido cuando se encontró que no había llamador. Los auxiliares, haciendo honor a su denominación, acudieron en auxilio del pobre hombre, que llegó a pensar que era culpa suya el no encontrar la pieza de metal con la que señalar la “levantá” de turno. También acudió el capataz, serio, en su papel, y le explicó al oído que el llamador de aquel paso gótico se encontraba en la zambrana. No recordaba qué significaba zambrana ni ganas tenía de que le refrescasen la memoria.

Levantando levemente el faldón, condujeron su mano a la pieza de orfebrería y detrás de ella el resto de su ajado cuerpo de tal modo que hasta el alzacuellos calló con la genuflexión forzada y en dicha postura quedó atascada la anatomía de quien más necesitaba a un fisioterapeuta que a su cohorte.

Pero no hubo manera. Aquel cuerpo agarrotado en postura pseudofetal no cedía a las maniobras de quienes se acercaron a echar una mano y monseñor, en una sola pieza —molde incluido— tuvo que ser tumbado en una camilla y trasladado al centro hospitalario más cercano.

Mientras, la traviesa canina, privilegiado espectador de primera fila, reía sabiendo que aunque “Mors mortem superavit”, ella seguía dejando de piedra incluso a los representantes de Dios en la Tierra.

Portada: Garabatos cofrades: la «llamá», de Javier Torres.

Francisco Javier Torres Gómez

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