miércoles, 17 agosto 2022
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Historias de imagineros: José Antonio Bravo García

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Un taller como guardería, iluminado por el Espíritu Santo

Visitar el taller de José Antonio Bravo, el Maestro Bravo, es como volver a la infancia. Las estanterías que cubren las paredes del pequeño habitáculo en el que realiza su labor artesana son pupitres improvisados en los que el Niño Jesús se sienta, no a aprender, sino a enseñar, su belleza y su sabiduría.

Son lecciones que las manos del escultor imaginero aprenden. De ese modo crea, peina a sus pequeños, les pone coloretes y los atavía al sevillano modo porque Jesús nació en Nazaret, pero se hizo sevillano y eso no hay quien lo dude.

Las tardes transcurren llenas de paz en ese obrador artesano en el que Javier Torres, un aprendiz de solo 14 años asimila las lecciones que Bravo le imparte mientras esos niños los miran y se congratulan de los progresos de uno y la paciencia del otro. Saben que pronto tendrán un hermanito.

Fotografía: Javier Torres

Es precisamente durante las conversaciones en ese rincón tan acogedor situado en el 45 de la calle Antonio Susillo, la misma en que vivió la Virgen de la Paz encarnada en Isabel Salcedo o viceversa, la misma en la que obraron Castillo Lastrucci, Illanes y Susillo, donde las confidencias se hacen ley. Bravo es comedido conversador, cariñoso anfitrión y educado y paciente profesor.

Uno sale de su taller con la sensación de que el arte allí creado no ha sido debidamente reconocido, y por ello es necesario estudiar e investigar, para conocer cómo el humilde artesano es el autor de los cuatro ángeles que figuran en las maniguetas del paso del Señor de la Humildad y Paciencia de la hermandad de la Sagrada Cena o de los atributos que acompañan a los evangelistas de Bidón del canasto del Cristo de la Buena Muerte de la hermandad de los Estudiantes de Sevilla, conjunto sustituido por las nuevas andas que estaban destinadas a estrenarse en la fallida Semana Santa del 2020.

Pero una historia que quizás pocos conozcan sea la que rodea a la realización de la paloma que representa al Espíritu Santo que procesiona en el paso de misterio del Sagrado Decreto de la harmandad salesiana, obra que maravillosamente devolvió a la vida el recordado Maestro Dubé de Luque. Pero no fue Dubé quien tallara al ave. ¿Adivinan quien lo hizo? Efectivamente, lo han acertado.

Tanto la paloma como los ángeles del trono del mismo Dios son obras de José Antonio Bravo. La nube angelical de querubines que sirve de sustento al Espíritu Santo es de Lourdes Hernández.

Todo comenzó en el taller de Guzmán Bejarano padre, sito en la calle Guadalquivir de la capital anadaluza. Además de ser un germen de creación artística sin precedente, servía de encuentro de artistas. Juan Mayorga era oficial de Guzmán Bejarano, un tallista de primera que con el tiempo terminaría independizándose, como ocurre a menudo en el mundo del arte.

A dicha cuna del saber acudía a trabajar José Antonio Bravo, que pronto destacó con su buen hacer a la hora de modelar miniaturas. No todos los escultores o imagineros destacan en el difícil arte de la miniatura. Bravo demostraría con el tiempo no solo ser uno de los mejores sino un gran belenista, como demuestran sus múltiples galardones en el concurso de la asociación La Roldana. Pero no nos perdamos.

Un joven José Antonio Bravo, hijo de carpintero, siempre se vió atraído por la creación artística y por la imaginería religiosa en particular. Ello le hizo suplicar docencia a Ortega Bru o al malhumorado Buiza, al que se acercaba so pretexto de hablar de pájaros. Ninguno de ellos lo acogió en su seno. Anhelo en el aire.

Precisamente la Ornitología se convierte en protagonista de esta historia cuando a Mayorga se le encarga la talla del paso de misterio del Sagrado Decreto. Habiendo colaborado en anteriores ocasiones desde que coincidieran en el taller de la calle Guadalquivir, y estando Dubé de Luque ocupado en diseñar y tallar las que a la postre serían las imágenes de dicho misterio, el tallista le pide a Bravo que se encargue de dar forma al Espíritu Santo. Bravo no se pudo negar y confirmó el encargo aun sabiendo que iba a tener un pequeño o gran problema, según se mirase.

El problema no era otro que la aversión de Bravo a las plumas. Le daban repelús. Para tallar la paloma necesitaba un modelo, y no se le ocurrió mejor opción que acudir al mercado de la calle Feria, donde los pobres animales sacrificados colgaban de ganchos con el destino ineludible de dar sabor a un arroz o a una sopa, ser escabechadas o guisadas con especias.

El dependiente introdujo al ave en la bolsa y José Antonio se dirigió a su taller en donde tuvo serios problemas para sacar la mercancía del contiente. Finalmente volcó el contenido sobre la mesa. Pero manipular el modelo iba a ser complicado. Menos mal que recibió ayuda para que un pariente le colgara el pájaro, con las alas abiertas, sobre un corcho.

Habían pasado varios días y el olor empezaba a jugar un importante papel en la historia. No había tiempo que perder. Con tales premisas se comenzó a trabajar a contrarreloj. En ello estaba el imaginero cuando un ala se soltó de su asidero y el susto fue supino. «Haciendo de tripas corazón», se recompuso el cuadro y el trabajo terminó de realizarse sin contratiempos.

La entrega logró estar lista para su recepción. Aquellos que quedaron contentos con el resultado pagaron y despidieron al artista sin ningún tipo de reconocimiento ni acto de presentación. En cambio sí que hubo una presentación oficial del conjunto a la que Bravo no fue invitado. La prensa local se hizo eco del acto y en ningún lugar se mencionó a José Antonio. Todas las imágenes figuraban como relalizadas por Dubé de Luque quien, sin tener culpa del malentendido, permanecía ajeno a la literatura desplegada en los medios.

Menos mal que en Radio Sevilla se terminóa aclarando esta autoría. José Antonio Bravo acudió a un conocido programa cofrade aconsejado por los pequeños niños que tan buenas directrices regalan. Por supuesto que Dubé de Luque aceptó la autoría que le habían regalado sin su permiso. Finalmente fue la hermandad la que tuvo que rectificar.

Y es que el Espíritu Santo sabe hacer bien las cosas. Aquel que no me crea, puede acudir al recoleto taller y descubrirá los moldes de la polémica paloma perfectamente custodiados por su dueño. Y de paso, como le ocurre al que narra, adquirirá alguno de esos niños de guardería que tanta compañía dan todos los días del año.

Francisco Javier Torres Gómez

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