lunes, 6 diciembre 2021
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Historias de imagineros: Darío Fernández

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Una historia de ultramar

Nunca hibiese Viriato imaginado que le rotularan en Sevilla, tan Lejos de Lusitania, una calle en su honor, que el nombre de esta calle tuviera adjunto una semblanza pictótica de su figura como caudillo, y menos aún que en ella tuvieran domicilio grandes escultores e imagineros como Balenciaga, Miñarro y Darío Fernández. Pero la Historia es caprichosa…

El joven Darío soñó muy temprano en emular a los grandes maestros de la escultura, y la vida le demostró que los sueños se pueden hacer realidad. A ello contribuyó aquel al que llama maestro, un hombre bueno, de fé, llamado Antonio J Dubé de Luque, quien lo admitió como discípulo mientras cursaba las especialidades de Escultura en madera, piedra y cerámica en el Escuela de Artes y Oficios de su querida Sevilla para más tarde hacer lo propio en la Facultad de Bellas Artes de misma localidad.

Pasaron los años, y con ellos sus primeros encargos, como fueron las tallas de los evangelistas San Juan y San Marcos que procesionan cada Domingo de Ramos sobre el canasto del Señor de la Humildad y Paciencia de la hermandad de la Sagrada Cena de Sevilla.

Corría el año 1992, muy distante en el tiempo de los fabulosos acontecimientos que paso a relatar.

En el año 2008 llega a su taller un encargo muy especial, un encargo de esos que solo se sueñan: la National Gallery de Londres le asigna la realización de un busto didáctico de San Juan de la Cruz con el propósito de ser exhibida en la prestigiosa exposición «The Sacred Made Real». Imaginemos al joven escultor frotándose los ojos sin llegar a creerse que aquello fuera real. El título de la exposición parecía ser profético y desterraba ls dudas.

Darío comenzó a crear la que hasta ese momento debiera considerarse su obra con mayor proyección. Su mano era firme en el manejo de la gubia y el mazo, pero la excitación le hacía tomar descansos condicionados por su excitación, a la que se unían las horas de trabajo empleado, tantas que hasta llegóa a perder la noción del tiempo. Pero Darío cumplió. Vaya si cumplió…

Un otoñal día de septiembre del año 2009, la empresa SIT, especializada en traslado de material delicado y en obrAs de arte en especial, procede a embalar el citado busto y lo traslada a un camión estacionado en la plaza del Museo, lugar en el que habían hecho lo propio con otras tantas piezas de incalculable valor procedentes de distintos enclaves de la ciudad de Sevilla.

El busto del santo compartitía asiento con algunas de las más insignes obras de la imaginería sevillana de todos los siglos. Darío era consciente de ello y por eso no salía de su incredulidad. Jamás hubiese imaginado que una imagen salida de sus manos fuera a compartir viaje con obras del mismísimo Martínez Montañés. Sin duda era un sueño hecho realidad.

Todos sabemos que «una buena obra de otra buena obra se sigue» (o al menos así debiera ser). Causó tan buena impresión el busto del místico, que Darío Fernández dejó de ser un nombre desconocido en el extranjero. Allí, en Inglaterra, se obró el milagro. Su siguiente encargo en el extranjero de gran calibre se estaba fraguando. sus clientes buscaba por Europa un Calvario de gran calidad artística, preferiblemente en bronce o mármol si bien no se descartaba la madera policromada, material menos común en aquellas latitudes.

Contemplar la unción de la abra del sevillano y descubrir que era el único de cuantos exponían que aún vivía, despejó definitivamente las dudas. El Calvario se realizaría en Sevilla. Los clientes eran los padres filipenses.

Darío viajó a tierras inglesas para conocer el lugar en que se ubicaría su terceto mientras que los padres hicieron lo propio para conocer ese rincón del cielo que se encuentra ubicado en las inmediaciones de San Martín. El resto lo hicieron las comunicaciones telefónicas o telemáticas.

Concluído el Calvario en la Cuaresma del año 2012 fue expuesto para admiración de los sevillanos en el Salón del Apeadero del Consistorio Municipal. Todos aquelos que acudimos en masa a contemplar tan magna obra pudimos contemplar cómo Cristo no había muerto por nada, pero ninguno conseguimos consolar a Su Madre ni al discípilo amado, más contenido, pues Jesús aún debería resucitar para desterrar ese dolor de pérdida que transmitían las imágenes. El joven se había convertido en un maestro de la gubia y en los corrillos se comentaba que ese conjunto debería quedarse en Sevilla. Nadie quería dejar de rezar a los pies de aquella cruz.

Fotografía: Daniel Villalba

El guión, no obstante, estaba escrito. Concluída la exposición, las tallas volvieron al estudio, de donde serían retiradas en mayo. El traslado de tan preciado tesoro requería unas medidas extremas de seguridad que incluían sábanas, papel de burbujas y un cuidado exquisito que respetara la posición y amarre de cada unidad.

La recogida tuvo lugar a altas horas de la noche. Rozaban las horas del reloj la hora bruja cuando se presentó en el estudio un transportista de habla inglesa, solo, para proceder a la carga de la mercancía en una furgoneta de reparto aparcada en la puerta de San Juan de la Palma. No se cumplieron las rigurosas normas de carga y traslado especificadas. Jesús, María y Juan deberían compartir viaje con con cajas y mercancía recogida de distintos puntos del país. Parecía no existir espacio para el Hijo de Dios y sus acampañantes de excepción.

No podía ser. De ninguna manera. La llamada se produjo a altas horas de la madrugada. En Londres acertaron a responder calmando la ansiedad del imaginero, quien se negaba a que las obras viajaran en tan precarias condiciones. El prior contestó desde el otro lado del mar que tuviera fé y confiara en aquel delegado, que estaba preparado para cumplir con su misión. Lo que pretendían se palabras de consuelo no consiguaron apaciguar a quien tanto amor había depositado sobre la madera, ahora vida pura.

El verdadero calvario fue transportar a cada componente del Calvario al escaso espacio de la furgoneta. Darío no pudo conciliar el sueño aquella noche. Tampoco las siguientes. Era imposible hacerlo. Al tercer día sonó el teléfono en el pequeño taller: las imágenes habían llegado sanas y salva a la que pasaría a ser su casa. Darío esbozó una sonrisa y unas lágrimas afloraron a sus ojos pues el conjunto de emociones que lo embargaban era difícil de dominar.

Fotografía: Daniel Villalba

El trabajo estaba hecho y entregado, pero siempre que un hijo abandona la casa donde nació, los padres comienzan un camino de dolor que permanece como poso en el alma y nunca desaparece. La buena salud de sus hijos era, al menos, un paliativo a la angustia que se había apoderado del padre los últimos días.

La travesía marítima había sido difícil. Al igual que ocurriera siglos antes con la Armada Invisible, las naves no naufragaron porque llevaban como pasajero de excepción al mismo Hijo de Dios. Si el Cristo de Lepanto obró milagros, el Cristo de Daría Fernñandez hizo lo propio para que Su madre e discípulo desembarcasen en Inglaterra para dar testimonio de la Palabra de Dios.

La instalación del Calvario fue realizada por técnicos de la National Gallery. El grupo aparece ante un muro pintado al fresco por el prestigioso pintor inglés Michael Dodds en el que se representa un paisaje de Jerusalén con atributos de la Pasión.

El Calvario fue bendecido el viernes 20 de julio por el Arzobispo de Westminster, Vincent Nichols, máximo representante de la Iglesia Católica de Inglaterra y Gales.

Se trata de la historia de un naufragio frustado, de una historia de amor, un bello relato en el que se demuestra que Jesús no necesita de espacio para poder ejercer su ministerio y una historia de increíbles casualidades en las que se vuelve a ratificar que las manos de un imaginero no son suyas en el momento de tallar sino que obedecen a una fuerza mayor, llamémosla Dios o como quiera el lector nombrarla.

A día de hoy son muchos los que se emocionan al contemplar la escena, rezan y lloran, aun cuando hiciera mucho que no lo hicieran. Es el poder de las imágenes, es el poder del hijo de Dios…

Francisco Javier Torres Gómez

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