lunes, 8 agosto 2022
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Historias de Imagineros: Daniel del Valle

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LA MAGIA DEL BARRIO DE LA FERIA

Es bien conocida la relación de amor que la calle Feria tiene con Sevilla y viceversa. Ni siquiera el grupo de rock andaluz Triana pudo resistirse a sus encantos. Y es que tener de vecinas a la Esperanza Macarena, a la Virgen del Rosario, a la Amargura y a las reinas de Omnuim Santorum marca el carácter de cualquiera.

Pero para un escultor, la gloria, el paraíso terrenal, habitaba y habita en la calle Castellar, en donde existía y aún sobrevive un famoso corralón que se disfraza de casa de artistas para albergar a afanados artesanos, maestros del barro y de la madera, así como de otras bellas artes con las que soñaban y sueñan alcanzar la fama.

Allí, en tan popular barrio, escuchando los pregones callejeros de mercaderes, «afilaores» y transeuntes de Jueves de luces y sombras, nació y se crió el joven Daniel, quien no dudaba en penetrar en las entrañas de aquel misterioso callejón del que se escapaban los lamentos de la madera y los dulces piropos del barro al ser acariciado.

Deseaba modelar y emular a aquelos se se ganaban mal que bien la vida haciéndolo. La plastilina y cualquier material ductil le permitían satisfacer su desbordada pasión por crear.

Daniel creció desarrollando con pocos medios unas habilidades que le franquearon, a la temprana edad de quince años, la entrada como aprendiz en el taller de Jesús Iglesias. a quien no duda en considerar tutor, maestro y amigo.

Lindaba dicho taller con el de José López Delgado (conocido por sus amigos como Pepe «el gubia»), discípulo aventajado del insigne imaginero Castillo Lastrucci. La proximidad de los golpes a la madera de ambos parecía ser un lenguaje secreto colmado de didáctico contenido y, aunque nunca ejerción de oficial en su taller, Pepe le dio los suficientes consejos como para que permanezcan aún en su recuerdo y los aplique cuando la situación así lo requiere.

Podemos observar, queridos lectores, que la sombra de Don Antonio Castillo Lastrucci es larga, muy larga, y por ende la de Antonio Susillo.

A la par de comenzar su aprendizaje, decidió el joven cursar los estudios de Artes Aplicadas y oficios Artísticos, especializándose en talla, teniendo la suerte de aprender de profesores tan cualificados como Nicomedes Díaz Piquero o Jesús Santos Calero entre otros.
Continuó su formación matriculándose de nuevo en la escuela para cursar un módulo de vaciado y moldeado. Los deberes estaban hechos.

A veces parece que el tiempo se detiene, pero este avanza sigilosamente. Ya tenía 21 años Daniel cuando recibió una gran noticia. se le concedía una beca de movilidad dentro del Programa Leonardo Da Vinci en la ciudad de Florencia, en la que permanecío varios meses realizando prácticas de escultura.

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La plastilina era solo un recuerdo aunque recurría a ella en momentos de soledad para que la llama que le había iluminado siguiera trazando el camino.

Ya solo quedaba abrir taller propio, aunque los primeros trabajos fueron compartidos con el maestro. Comenzaron a llegar encargos de forma paulatina y algún premio sirvió de acicate para esforzarse aún más si cabe. La participación en los proyectos de restauración de embergadura tales como los de la Plaza de España, el Pabellón Real del parque de Maria Luisa o los de la iglesia de San Luis de los Franceses no fueron fruto de la casualidad.

Estamos ante un Daniel del Valle maduro a pesar de que le queda mucho camino que recorrer. Sus colaboraciones con artistas contemporáneos como Federico Guzmán descubren a un artista polifacético que quiere alcanzar cotas más altas satisfacciondo sus inquietudes artísticas con otras disciplinas distintas a la escultura.

Y he aquí una historia maravillosa…

Daniel tiene una costumbre, y es dar cera a la imagen cuando la está concluyendo, pero lo hace encendiendo una vela. En esas estaba aquella ocasión cuando se fue la luz en el barrio. La luz de la llama era la única que iluminaba el rostro que tan cerca del suyo posaba. Tomando la palmatoria, e impulsado por una fuerza que no sabría describir, recorrió cada detalle del cuerpo de la talla en un intento por encontrar fallos. Pero el escalofrió llegó al centrarse en los ojos entreabiertos de aquel Cristo muerto.

Pasó media hora y volvió la luz. La vela se antojaba innecesaria en esos momentos. Apagándola, salió a interesarse por las circunstancias de la caida de la luz. Es por ello que se acercó a un taller de carpintería colindante para preguntar por las causas de esa ausencia de luz, a lo que fue respondido con un gesto de sorpresa. Su vecino no había sido consciente de apagón alguno.

Anonadado, sin comprender las circunstancias, Daniel abandonó el obrador anexo con el que compartía contador de luz. Algo misterioso no permitía comprender qué había pasado.

Volvió a su taller y se encontró con la imagen con la que había intercambiado su mirada con tanto amor e intimidad.

Aquel Cristo fue entregado a sus cofrades y procesionó en la tarde del Viernes Santo en la lejana Caracas. Al día siguiente, Sábado Santo, el imaginero recibió una llamada que le haría estremecer. Querían que el artista supiera cómo habían ido las cosas durante la primera salida procesional.

Cuando el párroco comentó que todo había ido fenomenal y que la entrada en el templo había sido especialmente emotiva porque hubo un apagón que obligó a realizar los últimos tramos exclusivamente a la luz de las velas, Daniel no pudo responder y comenzó a llorar.

Daniel es creyente, pero si no lo fuera, tendría razones de sobra como para convertirse. Solo Dios es capaz de obrar tan magnos milagros vestidos de serendipia…

Francisco Javier Torres Gómez

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