Tu ausencia, nuestra esperanza

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A María Santísima del Dulce Nombre y Esperanza de la Hermandad del Santo Sepulcro, Reina de la noche del Miércoles Santo en Villacañas (Toledo)

El ciclo anual ya se ha completado. La espera por fin se ha agotado. Atrás quedaron desvelos, ensayos, reuniones, noches soñando con que llegara este día. Qué lejano parece ya el llanto de la pasada Semana Santa. Es el momento de salir a calle y de acompañar a la madre en esa representación catequética que supone la noche del Miércoles Santo. Es la hora de preparar la túnica blanca con la botonadura negra, la capa y el cíngulo negros, el antifaz blanco, la corneta, la trompeta, el tambor, la caja. De buscar el calzado negro y los guantos blancos. De rescatar la tulipa de nuestro particular rincón de la Semana Santa y ponerla a punto para la salida procesional. Pero sobre todo es la hora de preparar el corazón. Porque ya hemos llegado a esa semana que todo lo explica.

Estas deberían ser las emociones y los sentimientos propios de estas fechas. Pero este año nada será así. El maldito enemigo invisible nos ha arrebatado la primavera que florece en esta Semana Santa, pero no podrá robarnos la fe, la ilusión y la esperanza.

No, este año no formarán los nazarenos de la cofradía en la puerta de la Iglesia Parroquial en la noche del Miércoles Santo. El estandarte no anunciará la llegada de la hermandad a la Ermita de la Virgen de la Concepción haciendo las veces de cruz de guía. No esperará nuestra madre vestida de reina su hora de salida en capilla del Santísimo Cristo de la Viga. Ni los anderos serán un año más los pies de la Virgen sacándola de la iglesia a los sones de las notas de la Agrupación Musical de la Hermandad. No sonará “Caridad del Guadalquivir” mientras una madre camina por la calle de “La Virgen” con la esperanza de encontrar a su hijo. Ni los fieles que la acompañan tras tus pasos se perderán en la infinitud de tu manto verde. No caminará la Esperanza llevando el reflejo de su hijo en su corona de reina ni se producirá el encuentro con un Jesús ya maniatado y que ha asumido su muerte como único salvoconducto para la humanidad.

Qué distinta será la mañana del Miércoles Santo sin ese ratito de intimidad con ella. Sin poder encontrar el consuelo en las pupilas de esos ojos claros y en los tonos rosados de su rostro. Sin poder hablar con ella. Sin escuchar el llamador que toca el capataz para avisar de la primera levantá. Sin contemplar cómo el paso atraviesa el dintel de la Puerta del Sol para buscar una nueva noche de Miércoles Santo. Sin ver cómo llora la cera de la candelería que la ilumina cuando se desgasta.

Por delante, sólo queda afrontar una espera que se antoja interminable. ¿Pero en qué se resume la vida de un cofrade si no es en esperanza? Hay que saber esperar…Porque de otras cosas no, pero de eso sabemos mucho. Qué metáfora de la vida, ¿verdad? Porque la vida es esperanza. Sin vida no hay esperanza. Y sin esperanza no hay vida. Y todo es mucho más fácil cuando se espera a la Esperanza. Ella nos marca el camino. Nos coge de la mano. No nos abandona en esa espera. Los cofrades de la hermandad debemos seguir su sendero ciegamente.

Es lógico, es normal que en estos días nos hagamos muchas preguntas. ¿Dónde habita la Esperanza en estos días de angustia, de zozobra, de dolor desconsolado y muerte? En el seno de aquella familia en la que hay un enfermo que se agarra a la vida gracias al respirador en la UCI de un hospital, en el corazón de tantos médicos y enfermeros que se visten de ángeles para salvar las vidas que la pandemia se ha empeñado en segar de manera imparable, en el deseo de un padre de familia que pide que esta pesadilla no acabe con su empresa cerrada y con él en el paro, en la ilusión de todos esos abuelos recluidos en casa de volver a abrazar y besar a sus nietos. Ahí reside la Esperanza.

No se vestirá de Reina para reinar en la noche del Miércoles Santo. No asombrará a fieles y devotos con su belleza única y sin igual, con sus ojos claros ni con la fuerza de su juvenil rostro. Se camuflará en los soldados que luchan en primera línea contra el virus. Se volverá invisible y llegará a los hospitales para capitanear la batalla que libran a diario todos los profesionales que nos mantienen durante esta crisis que el coronavirus ha provocado. Porque lleva junto a ella la medalla de la que es la gran Capitana. Por eso nuestra Esperanza no podía dejar de ser capitana en esta cruenta batalla.

Qué fácil es ser de la Esperanza sólo un día al año. Y subirse al carro en los buenos momentos. Pero una hermandad es mucho más que un día. Porque la pasión no acaba. Dura todo el año todos los años. En estos momentos se demuestra el valor de una hermandad. Cuando las nubes tiñen el cielo de gris tapando el sol que nos ilumina.

Ahora nos toca esperar. Disfrutemos de la Esperanza. Demostremos ahora que la Semana Santa nunca termina. Que no sólo nos disfrazamos de nazarenos durante estos días y nos olvidamos de nuestro compromiso el resto de los días del año.

Llegará la Semana Santa del año 2021 y estoy seguro que será la mejor que vivamos. Lo importante es que nadie falte, que estemos todos. Y si la lluvia nos trunca de nuevo la semana de pasión, el horizonte será una nueva Semana Santa en 2022. Pero no olvidemos la única certeza, la única verdad. La Esperanza, como la Pasión, nunca acaba. Porque la Esperanza es una forma de entender la vida que lo resume todo. No sabemos si llegará o no, si se cumplirán nuestros sueños o metas, si procesionaremos el año que viene con la hermandad. La única certeza es la Esperanza. Cojamos su mano. Agarrémonos a ella. Es nuestra única verdad. Su ausencia en esta Semana Santa será nuestra Esperanza. Tu ausencia es nuestra Esperanza.

Fotos: Parroquia de Villacañas.

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