Vía Crucis en Sevilla… Una historia inédita en torno al Señor de la Salud de la hermandad de Los Gitanos

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Una de aniversarios, calentitos y mucho arte (publicada en Navidad en la antigua página de Diario de Pasión)

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Hoy es día 22 de diciembre, más conocido a nivel general como “el día de la lotería”. Y es que aun sin ser poseedor de un billete al paraíso, es costumbre en este país conectarse a través de los medios para asistir de una u otra manera al acto en el que los niños del colegio de San Ildefonso recogen las bolitas que caen del bombo y cantan de esa manera tan peculiar la sucesión de números que pueden cambiar la suerte de muchos españoles (o extranjeros).

Es costumbre en la más famosa de los “dos patitos” dar cuenta de un desayuno especial, y son muchos los que se descantan por un buen chocolate caliente con porras, churros, calentitos, jeringos o cualquier otro calificativo con el que se conozca en su localidad la masa frita que tan bien casa con el  chocolate o con el sencillo azúcar y tan mal con el alcohol.

En Sevilla, justo enfrente del ambulatorio de María Auxiliadora, se encuentra el bar Lago de Sanabria, un establecimiento “de los de siempre”, y tan es así la afirmación que este bar cumple el día 22 de este 2019, nada más y nada menos que 50 años de existencia pues su fundador decidió abrir sus puertas precisamente el día de la lotería de un lejano año 1969, aquel en el que se supone que el Hombre puso el píe en la luna.

Celebrando la efemérides, durante los últimos 3 meses todos los productos han podido adquirirse y consumirse por la simbólica cifra de 1 euro. Este detalle tiene fecha de caducidad y la oferta verá su fin cuando termine el sorteo de la lotería. Se prevé que hasta la televisión se desplace para hacer sus intermitentes anuncios numerarios desde este añejo, aunque reformado establecimiento. Los enviados especiales podrán degustar, por supuesto, un excelente chocolate con “calentitos” al precio estipulado. Enhorabuena a los agraciados y a los encargados de mantener la tradición hostelera, esperemos que por otros 50 años.

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Pero esta es una publicación de Semana Santa, o cofrade, o cómo ustedes gusten de denominarla y no de gastronomía ni de sentimentalismos. Es por ello que no ha sido gratuita la introducción sino agradecida pues entre las paredes de este Lago de Sanabria tan sevillano vinieron a ocurrir distintas historias que algo o mucho tuvieron que ver con el tema que nos atañe. Entre ellas escogeré al azar aquella que se relaciona con la vecina hermandad de Los Gitanos. Son la Madrugá y la mañana del Viernes Santo fechas de júbilo para Sevilla y para la población calé, que acuden a su cita con el Señor de la Salud y con su Virgen de las Angustias.

Los alrededores del templo del Valle son un verdadero pandemonio y fue en medio de este ruidoso y festivo acontecer cuando en nuestro bar se concentró tal cantidad de público que no se llegaban a escuchar las comandas. En un rincón, un grupo de entusiastas gitanos organizó una suerte de zambomba en la que a falta de villancicos por no caer en fecha propicia, decidieron cantar y hasta bailar bulerías.

En ello estaban cuando los miembros de la guardia civil que escoltan a los pasos de la hermandad, entraron en el local a tomar un refrigerio pero al ver tal algarabía, uno de sus componentes, en concreto una bella mujer bajo el negro tricornio se acercó al grupo de calés con cara de pocos amigos y se hizo el silencio. Es lo que suele ocurrir cuando la autoridad requiere la atención.

Los miembros de la improvisada zambomba callaron y esperaron la reprimenda de aquella mujer vestida de uniforme, y comenzaron a escucharse con mayor facilidad las comandas. Al rato, ignoramos cómo fue la conversación de la guardia con el grupo, comenzaron de nuevo los cantos, aún con más fuerzas si cabe y se comprobó que el uniforme con falda de la benemérita es lo suficientemente flexible como para permitir que la persona que lo lleva baile una bujería, como de hecho así ocurrió.

Acaso no saben, estimados lectores, que los miembros de la Guardia Civil que escoltan a los dos pasos de la cofradía de Los gitanos son calés. Ya lo saben. La agente no poseía los rasgos que distinguen a esta raza y parecía paya, pero por sus arterias y venas corría la sangre de la alegría y esa te permite cantar y bailar rompiendo el protocolo. O quizás fuera el sencillo sabor del chocolate y los churros…

Francisco Javier Torres Gómez