jueves, 11 agosto 2022
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Sevilla rezó el Rosario en el besamanos de sus devociones marianas.

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El Centro de la ciudad, empieza a impregnarse del olor del fuego y leña de los puestos sencillos donde cada año, se asan las castañas que anuncian que el tiempo estival ha finalizado y que poco a poco el frío irá calando cada vez más como pregón ineludible de la Fiesta de la Natividad de Jesús.

El primer fin de semana de octubre este olor rústico se mezcla con el místico olor a incienso que salen de los templos donde las imágenes marianas de distintas hermandades bajan de su altar para conmemorar la festividad del Santo Rosario. En la Calle Orfila, la Virgen de Regla, de rasgos roldanescos, se encontraba en la penumbra, esperando el beso de los fieles que acudieron en masa a esta cita y que abarrotó la pequeña y coqueta capilla. Cabe destacar el acertadísimo atavío de la Dolorosa, recuperando el manto de “Los Abanicos” y que tan bien conjuntaba con el palio de Rodríguez Ojeda, echándose en falta en los últimos Miércoles Santos.

No muy lejos de la collación de San Andrés, en la Plaza de Montesión, se encontraba expuesta en besamanos la Virgen del Rosario. El montaje del altar era sencillo, sobresaltando la figura de la Santísima Virgen ataviada con el manto de vistas que estrenó en su Coronación Canónica. Como curiosidad cabe destacar que ha sido el primer besamanos tras la destitución de Paleteiro como vestidor de la imagen y prioste de la Hermandad.

Multitud de macarenos se dirigían para rendir pleitesía al origen de la Hermandad del Arco. Allí estaba la Virgen del Rosario con el Niño dormido en sus brazos y ataviada de forma magistral con Su manto celeste y saya rosa enmarcada en un dosel realizado con elementos de la antigua embocadura del Camarín de Nuestra Señora de la Esperanza y del que colgaban una tela de terciopelo burdeos y el simpecado con la Imagen de Gloria de la corporación macarena.

En San Román una de las devociones del Rosario más antigua de la ciudad se encontraba expuesta en besamanos que será, Dios mediante el último en su sede provisional antes de regresar a Santa Catalina. El montaje del altar era muy sencillo y focalizado especialmente en la imagen de la Virgen que desprendía un sabor añejo en su atavío.

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