domingo, 26 junio 2022
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Pintura religiosa. Beatriz Barrientos inunda de color la calle Sierpes de Sevilla

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Y lo hace desde el Círculo Mercantil e Industrial de Sevilla.

Círculo de Pasión: un clásico. Beatriz Barrientos: un ángel.

Sí, Señoría. Me declaro culpable. No me pesa hacerlo. Soy ferviente seguidor, forofo, ultra… de la obra pictórica de Beatriz Barrientos, y confieso haberle encargado trabajos, bien para observarlos en soledad, bien para exhibirlos en distintas publicaciones.

Mi culpa debe atribuirse al amor, espero que atenuante, por el arte, por la belleza y por el buen gusto. Aceptaré la sentencia que se me imponga y no, no me arrepiento.

Ayer, veintiséis de marzo de este salvífico, y esperemos que clemente año 2022, se inauguró en la señera institución Sevillana la exposición de obras de una de mis intérpretes pictóricas favoritas que bajo el lema «Pasión. Una mirada en acuarela», estoy convencido de que cautivará a cuantos se acerquen a deleitarse con cada instante, cada cromo, cada estampa.

Beatriz Barrientos Bueno es una persona tímida; al menos yo la veo así. Habla lo justo y su voz es traducida por los pinceles, que sientan cátedra. Me gusta la introspección que derrocha con su cálida mirada cuando explica su trabajo y la tenue sonrisa que se le escapa cuando se le lanza un piropo. Sabe que su arte trasciende, pero se niega a caer en el pozo de la vanidad. Bravo.

Limpiando plata. Autora: Beatriz Barrientos.

Su lenguaje a través de la acuarela no debe restar valor a su pericia en el oficio de la restauración, en el modo en que toma con seguridad su paleta de pinturas al óleo recién derramada ni en su forma de dejar que todo aquello que fluye libremente por su mente lo haga en forma de cascada sobre la impronta en el papel, en la tela y hasta en el Cielo. Devoción y estética no son, nunca fueron antónimos.

Ella es un ángel que sabe pintar ángeles, es una mujer que entiende el dolor de María cuando derrama sus lágrimas y su naturaleza humana le permite empatizar con cada Cristo, vivo o muerto, con el que intercambia miradas de júbilo o de dolor. Es la artista en plano vuelo de sueños imposibles que se posa en el parque para degustar las migas de cariño que los niños le regalan. Los niños, siempre los niños.

Cuando los trazos de Bea emulan ilusión, insuflan alegría y se permiten el gozoso don de dar vida a los más pequeños, fuegos artificiales cubren un firmamento infinito de júbilo que percibe rápidamente aquella persona que se enfrenta a sus obras, en las que se enciende el fuego que las impulsa a preguntar por el precio. Llevarse un cuadro de la artista es como llevarse su voz para que te cuente todo lo que rodeó a su factura. Primero surgen las preguntas y más tarde cierran las puertas del templo sus susurros en forma de respuestas.

Costumbrismo, escenas populares que provocan la sonrisa y el rubor, todo ello rociado con el «toque Barrientos» cuya receta es desconocida, pero que contiene con toda seguridad el ingrediente de la constancia y del aprendizaje basado tanto en la realidad como en los sueños interpretados por su descodificador. Como para imitarla.

Señoría, sí, soy culpable de haberme convertido con los años en su acólito, el mismo que crea una humareda de humo alrededor de cada uno de sus cuadros, el que perfuma sus papeles porosos para que ella pueda obrar un nuevo milagro, el que con la palabra reza delante de cada imagen sagrada que sus manos ponen delante de mi oratorio, situado en cualquier lugar.

Beatriz Barrientos pintando a Tirso Jesús de María

No se me tenga en cuenta la alevosía con la que desparramo la vehemencia que me fue regalada para describir lo que no puede ser descrito más que con la mirada. Soy su cómplice, pero lo nuestro no es delito, sino admiración.

¿Cómo dirigir a la mazmorra a quien encuentra la alegría incluso en la muerte dulcificada en tonos pastel?

Y la fuente del pecado seguirá expuesta hasta el día 3 de abril en el mismo sitio, a la misma hora. Quizás sí que deba ser castigado con el encierro, porque de otro modo acudiré fiel a mi cita y me haré con uno de los trabajos expuestos, y entonces la culpa, Señoría, sólo será suya por no haber obrado con cautela cuando aún podía hacerlo.

He dicho

Francisco Javier Torres Gómez

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