Historias de imagineros: Francisco Romero Zafra

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La inspiración de dios en estado puro

Son muchas las leyendas escritas o transmitidas oralmente acerca de hechos insólitos, asombrosos o milagrosos en torno a la hechura de una u otra imagen de gran devoción. Solo hace falta tirar de memoria y caeremos en muchas de ellas.

Piensen. Todas aquellas que les han contado, que han leído e incluso las que ustedes mismos hayan contado iniciando o formando un eslabón intermedio en la cadena del imaginario popular, están relacionadas casi con toda seguridad con grandes maestros de la escultura de siglos pretéritos.

Pero, ¿han reparado en el detalle de que ninguna de estas historias tiene como protagonista a un imaginero contemporáneo? Cuando digo contemporáneo me refiero a la fecha de su obra y no al movimiento artístico en el que se incluye esta.

Siempre he sentido una gran atracción por la escultura, afición que me ha llevado a estudiar a fondo el arte de la imaginería a lo largo de los siglos, y a visitar talleres de excelentes artistas en los que he encontrado grandes amigos y sorpresas.

Sea esta la primera entrega de otras que la seguirán, en la que les contaré mis propios cuentos o leyendas, relatos que ustedes juzgarán si pertenecen al mundo de lo real o de lo imaginario. Yo defiendo su veracidad. Sean ustedes jueces de sus propias opiniones.

Francisco Romero Zafra era un niño curioso, y su curiosidad le ayudó a conocer a Dios. ¿Existe acaso mayor premio para tan sencilla condición?

Los años de escasez de la postguerra que le tocaron vivir en la localidad cordobesa de La Victoria le obligaron a trabajar en el campo con su familia. Ese niño terminó conociendo el campo, valorando en su medida el tesoro que esconde la tierra y los frutos que con esfuerzo ella nos regala.

Si bien acudía a la escuela como estaba contemplado, aprovechaba cualquier resquicio en su quehaceres para acudir a la libertad de los amaneceres y atardeceres con el fin de tomar con su manos ese barro que tanto le devolvería con el tiempo a cambio del mimo que el le daba y la delicadeza con la que creaba morfologías impropias de un niño de su edad.

Al mismo tiempo, acariciaba los troncos de los árboles y les hablaba, muchas veces agradeciendo la bonanza en tiempos de hambruna. Otras, tan solo se desahogaba con ellos en una conversación sin respuestas que le servía para sentir el tacto de la madera.

Y la madera, él no lo sabía, le hablaba con un lenguaje que no llegaba a entender…

El tiempo hizo que Francisco volviera a Córdoba después de un peregrinaje por tierras catalanas y compartiera taller en la antigua capital del Califato con Antonio Bernal, un personaje bondadoso con el que experimentó las propiedades del barro y la capacidad que posee para expresar las más nobles emociones humanas.

Romero Zafra ya contaba una edad avanzada, treinta y cuatro años cuando decide dedicarse a ese noble oficio de la escultura y la imaginería pero la semilla que cayó en aquellos campos de su niñez había dado sus frutos. Es la forma en que Dios quiso hablarle. Él nunca lo ha reconocido así: si se le pregunta, responde que la curiosidad, el esfuerzo y el don (a veces no reconoce ni el don)…

Las manos que acarician con amor la madera nunca olvidan su tacto. Cada veta es un recuerdo en la memoria y cada espina el recordatorio de que el dolor es esfuerzo. Si brota sangre, por algo será. Recuerden la corona de espinos que cubrió la cabeza de Jesús.

En 1990, Francisco logró culminar el primero de otros muchos sueños que le seguirían en forma de mujer: la Dolorosa de Rocío y Lágrimas. El camino estaba marcado.

La unción religiosa y la inspiración permiten que sus obras puedan ser equiparadas a las de los mejores imagineros, pero la madera, esa madera nunca olvidó al niño, al pequeño agricultor de circunstancias que tan bién la trató. Eran manos sin arrugas, tempranamente encallecidas por el uso.

Pasaron los años y la madera quido devolver su ternura, y lo hizo de un modo muy especial. Los imagineros suelen modelar sus obras en barro y luego las sacan de puntos. Así estaba planeado que ocurriera con aquella imagen de un Nazareno.

Modeló su rostro y sus manos. Los sacó de puntos según establecía el guión, pero entonces ocurrió lo que nadie esperaba. La madera le habló y le conminó a sentirla y a darle forma. En la madera estaba Dios y Dios quería que Francisco descubriera su forma humana.

De ese modo, Francisco Romero Zafra tomó su mazo y sus gubias y comenzó a dar forma al cuerpo de de ese Cristo que sufriría el peso de la cruz sobre sus hombros, y lo hizo sin que ningún modelo de barro sacado de puntos guiara sus golpes.

Es así como esta imagen que recibe culto en Andújar, cuyos rasgos faciales están inspirados en el Señor de Pasión de Sevilla y cuyo cuerpo hace lo propio con en Nazareno de Juan de Mesa de La Rambla, adquirió su anatomía de un modo muy poco habitual hoy día.

Y es que la llamada de la madera solo está reservada a unos pocos privilegiados. Al ver culminada su obra, el imaginero recordó, como no podía ser de otro modo, su más hermosa niñez.

Francisco Javier Torres Gómez

PD: nos referimos a la imagen de Jesús Nazareno de Andújar, fechada en 1997.

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