Historia de imagineros: Jesús Méndez Lastrucci

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dios escribe recto con guiones torcidos

«El barro es la Vida y la madera es la Resurrección». Son las palabras que un día escuche de los labios de un imaginero que a la postre terminaría siendo buen amigo. Son tantas las historias que podría traer a la palestra si él me lo permitiera (que seguro que lo hace)… Pero he decidido contar una muy especial, y creo que desconocida.

Jesús Méndez Lastrucci es, ante todo, buen persona y gran creyente. A pesar de ser descediente de uno de los más afanados escultores del siglo XX, su talento le ha permitido desligarse de su apellido para ocupar el lugar que le corresponde en el mundo de la imaginería española.

Si se le pregunta por sus momentos más emotivos en relación a su arte y oficio, es inevitable hablar de su primera talla procesional, Jesús Cautivo de Torreblanca, y si hubo un momento de especial intensidad en su carrera, ese sería quizás el asistir atónito a la elección y posterior procesión de su hijo por las calles de Sevilla en uno de los Vía Crucis más especiales que Sevilla ha vivido.

Pero solo unos pocos, y espero que a partir de ahora muchos seamos los partícipes de una hermosa historia que vivió en primera persona.

Prescindiré en esta ocasión de datos biográficos porque la experiencia concede al escultor e imaginero una sapiencia y seguridad que le permiten ser cada vez más atrevido. Digamos que el oficio se aprende y en cuando a tallas religiosas destinadas al culto se refiere, las manos terminan respondiendo a los mandatos de Dios.

El imaginero es un instrumento de fe.

Jesús suele trabajar por encargo. Su meritoria carrera se lo permite. Es por ello que recibió la encomienda de dar vida a las imágenes secundarias de su querido Descendimiento de Cristo para la localidad madrileña de Alcalá de Henares. Debía de culminar el Calvario para más tarde proceder a completar el conjunto escultórico. No obstante, los acontecimientos se verían torcidos por el destino.

Estando creando en su mente la misma humanidad del discípulo amado y de la Madre de Jesús, sucedió una desgracia. Una caída inoportuna se acompañó de la fractura de la cabeza del húmero de quien tanta dependencia tiene de sus manos para desarrollar su trabajo. La convalescencia sería larga y el tiempo iría pasando.

Había que elegir y Jesús, recuperado, comenzó con el modelado del San Juan al que hemos hecho referencia. En esas estaba, con cada rasgo prendido en su memoria, entrenada en estas lides, cuando comenzó a dar forma al barro. Pero algo no cuadraba. Parecía como si sus manos obedecieran órdenes distintas a las que mandaba su cerebro.

El rostro e San Juan se dibujaba tan claro en la mente de Jesús, que no comprendía bien el camino que habían decidido seguir sus manos de modo unilateral. Tal es así que, sin pretenderlo, se encontró con el producto final de tan delicados movimientos. El San Juan encargado distaba mucho de ser el que tenía proyectado modelar y, en cambio, aquel rostro era… ¡el de Jesucristo!

Incrédulo, y sabiéndose autor del resultado de sus involuntarios actos, rectificó sobre el trabajo ya realizado y, pretendiendo realizar el viraje deseado, volvió a modelar una imagen que volvía a recordar al que el imaginario popular identifica con la del Hijo de Dios.

Volvió el bueno de Jesús a desandar el camino finalizado para volver a modelar a Jesucristo. Parece ser que «a la tercera va la vencida», pero en este caso no fue así. Interpretando los hechos como una señal, decidió conservar ese busto y dedicarse a modelar con distinta pella de barro el San Juan, que terminó naciendo al cuato intento.

El misterio permanecía en el taller de la calle Goles donde un joven adulto dotado con los rasgos de un Jesús hambriento de vida dirigía su mirada al Cielo esperando instrucciones del Padre. Allí permanece esperando, quién sabe si nuevas instrucciones para su conclusión.

Y es que «Dios escribe recto con renglones torcidos»…

En cuanto al significado… Solo Dios lo sabe.

Si Martínez Montañés es conocido como el hombre que habló con Dios debido a aquel «¡habla!» que le espetó al Señor se Pasión al haberlo terminado, Jesús bien podría ser conocido como el hombre cuyas manos quiso Dios utilizar para recordar el rostro humano de Su Hijo.

Tanto Jesús al narrar su historia como este cronista, aún sentimos una sensación difícil de describir al recordar estos maravillosos hechos que compartimos con todos los que se nieguen a permanecer ciegos ante la fe…

Francisco Javier Torres Gómez

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