Dios también vive en los sótanos

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La historia de una de las más impactantes imágenes cristíferas de los últimos años

No perderé el tiempo hablando de los tiempos que corren, pero a nadie se le escapa la realidad: entre otros muchos males, los artistas plásticos no atravesarán su mejor racha en el futuro cada vez más presente.

La recesión económica llevará aparejada una pérdida de capacidad adquisitiva en el contexto de un empobrecimiento económico social, y los recursos serán enfocados a satisfacer necesidades primordiales. ¿Es el arte una necesidad primordial?

Sin que me contesten, quisiera llamar la atención sobre este tan querido colectivo, que también necesitará la ayuda solidaria de todos nosotros.

Justamente en esta senda de pensamientos he decidido «desconfinarme» de un modo peculiar del que deseo hacer partícipe a toda la audiencia.

Sí, me he dedicado a visitar talleres de artistas, y les aseguro que no solo he sido testigo de maravillas, e incluso de milagros, sino que he descubierto que Dios reside allí donde se siente cómodo y donde la incomodidad es la norma.

De todas mis visitas, paso a narrarles una muy especial por lo que ha significado. Sinceramenten aún no doy crédito. Me encontré en un sótano con Jesucristo, desnudo, gritando de dolor y su voz aún resuela en mi mente.

Sucedieron los hechos en el sevillano pueblo de La Algaba. Allí reside la licenciada en Bellas Artes y magnífica pintora Eva Villalva. Armados anfitriona e invitado con las mascarillas de rigor, y conservando las preceptivas medidas de seguridad, penetré en su casa, un museo sin taquilla en que pude disfrutar del arte no virtual por primera vez en meses.

Habitaciones y pasillos dejan a las claras que Eva es maestra en su arte y buena amiga de quienes le regalan sus obras, que ella conserva con gran cariño. Pero lo mejor estaba por llegar.

Unas escaleras de metal me condujeron al sótano en el que Eva trabaja con ahínco a la vez que imparte clases de pintura, quebradas por la pandemia. Diversas obras de gran tamaño y mejor factura decoran las paredes de un espacio destinado en cuerpo y alma al arte. Y allí…

Fotografía: Javier Torres

Sí, en el testero principal, me encontré cara a cara con Dios. Callé, pues no fui capaz de articular palabras. Jesucristo moría en la cruz y yo solo pensaba en acercarme para sentirlo más cerca. La cruz, el patíbulo, era secundario. El ser humano que agonizaba sobre ella captaba toda la atención del observador.

Sobrecogido por la explícita desnudez del cuerpo torturado del Salvador, me fijé en los clavos que atravesaban sus muñecas y en el rostro cargado de dolor que imploraba al Padre para que el tránsito fuera lo más fugaz posible.

Un cordón actuaba como paño de pureza inexistente, cruzando el cuerpo de lado a lado a nivel infraumbilical. Subyacente a él, los atributos propios de un varón, la representación más pura y realista de la Historia, ignorada o censurada por puristas que negaron la verdad con pretextos estéticos o púdicos.

Jesús murió desnudo en la cruz y yo fui testigo de ello allí, bajo tierra, en donde reside la más desgarradora imagen de un crucificado que mis ojos hayan visto en muchos años. Pero, ¿sería la Iglesia capaz de aceptar la más sencilla desnudez del Redentor para presidir un templo?

Quisiera desde esta tribuna de excepción animar a todos aquellos que anden buscando la verdad para el más bello altar para sus templos, capillas u oratorios que opten por esta contradictoriamente rompedora versión del martirio del Señor que pide un lugar en el que pasar el resto de sus Días convirtiendo a los fieles con el solo mensaje de Su Palabra y Su Mirada.

Esa tarde salí del taller de Eva Villalva siendo mejor persona, deseando que alguien con el poder y la independencia necesarias para cambiar los cánones establecidos la llamara y adquiriera ese Cristo aún sin nombre para convertir y al mismo tiempo ayudar a una de las muchas personas que, desempeñando su oficio, están llamadas a pasar una mala racha si no adquirimos sus obras.

Fotografía: Javier Torres

Junto a mis deseos, bajo mis brazos me llevé un par de desgarradores lienzos que ya he colocado en el lugar en el que sé que mejor me van a recordar lo frágil que soy como persona y la fuerza que puedo encontrar en una obra de arte.

Francisco Javier Torres Gómez

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